TEXTO 1

 

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata y segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales.  Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco.

 

J. P. Salinger, El guardián entre el centeno

 

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TEXTO 2

 

Pues sepa vuestra merced ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antonia Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nascimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre, y fue desta manera: mi padre, que Dios perdone, tenia cargo de proveer una molienda de una aceña, que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero mas de quince años; y estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad  me puedo decir nascido en el río.

 Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a moler venían, por lo cual fue preso, y confesó y no negó, y padesció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados.

En este tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los cuales fue mi padre, que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho, con cargo de acemilero de un caballero que allá fue; y con su señor, como leal criado, fenesció su vida.

 

                                                                              Anónimo, Lazarillo de Tormes

 

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TEXTO 3

 

En un lugar de la Sagra de Toledo había predicado dos o tres días, haciendo sus acostumbradas diligencias, y no le habían tomado bula , ni a mi ver tenían intención de se la tomar. Estaba dado al diablo con aquello, y, pensando qué hacer, se acordó de convidar al pueblo, para otro día de mañana despedir la bula.

Y esa noche, después de cenar, pusiéronse a jugar la colación él y el alguacil y sobre el juego vinieron a reñir y a haber malas palabras. Él llamó al alguacil ladrón, y el otro a él falsario.  Sobre esto, el señor comisario, mi señor, tomó un lanzón que en el portal do jugaban estaba; el alguacil puso mano a su espada, que en la cinta tenía. Al ruido y voces que todos dimos, acuden los huéspedes y vecinos y métense en medio. Y ellos, muy enojados, procurándose de desembarazar de los que en medio estaban, para se matar. Mas como la gente al gran ruido cargase y la casa estuviese llena della, viendo que no podían afrentarse con las armas, decíanse palabras injuriosas, entre las cuales el alguacil dijo a mi amo que era falsario y las bulas que predicaba que eran falsas. Finalmente, que los del pueblo, viendo que no bastaban a ponellos en paz, acordaron de llevar el alguacil de la posada a otra parte. Y así quedó mi amo muy enojado. Y después que los huéspedes y vecinos le hubieron rogado que perdiese el enojo y se fuese a dormir, se fue, y así nos echamos todos.

 

                                                                              Anónimo, Lazarillo de Tormes

 

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TEXTO 4

 

Se sentían bien juntos, unidos en las aventuras, aquellas acciones en las que arriesgaban una reprimenda o algo peor. Silverio trataba de hacer entender a su hermano José que Julián era distinto, que en su casa le había defendido en más de una ocasión, lo cual no era verdad, pero necesitaba argumentos, tenía que creer en el amigo. Su madre callaba, José insistía en que todos los ricos eran iguales y él en el fondo no sabía a qué atenerse, dependía del momento y de cómo se lo planteara. Pero un día esas contradicciones dejaron de tener importancia porque sucedió algo que acabó de unirlos definitivamente. Había ido a buscarle esa mañana a su casa, como en otras ocasiones. Julián le esperaba en la parte trasera, junto a la huerta, donde empezaba propiamente el campo. Allí nacía un sendero que se perdía al fondo por los Canchos, la zona prohibida, el paraje de alta tensión. Nunca se habían atrevido a internarse por ese vericueto que parecía sellado con una invisible malla metálica. En aquel punto comenzaba el territorio de los temidos maquis y a ambos les habían enseñado que penetrarlo significaba peligro de muerte. Aquella mañana, sin embargo, el calor pudo trastornarlos o sencillamente habían llegado al límite del aburrimiento. Estaban sentados en una cerca medio derruida de cara a los Canchos, mirando sin ver, tirando piedrecillas sin objetivo, y de repente Julián dijo, a modo de comentario. “Vámonos a los Canchos”. Silverio le miró intentando descifrar si estaba intentando probar su valor. “¿Qué quieres decir?”. Insistió: “Que nos vayamos a los Canchos”. “Y si nos morimos o nos matan, ¿qué?”, replicó Silverio con indiferencia, sin aparentar miedo alguno, a lo sumo un cosquilleo en la palma de las manos que resultaba incluso agradable. Julián le explicó entonces que durante mucho tiempo él había inspeccionado la zona desde su casa con unos viejos prismáticos de su padre y que jamás había visto signos de gente, salvo una vez que vio pasar a un grupito de guardias civiles. Silverio se percató de que su amigo llevaba trajinándose esa idea desde hacía meses, pero no podía cumplirla en solitario. Julián entraría allí antes o después, era una tentación demasiado próxima aquel terreno seco y yermo, con brote de peñascales, alguna chumbera, matojos, un campo inmóvil, pacífico. No lograba comprender dónde podría estar la trampa mortal a la que se referían los mayores, qué peligrosidad se ocultaba en esos pedregales, qué significaba eso de los maquis, si era verdad lo de las minas enterradas, o si es que había alguna otra amenaza monstruosa que no se atrevían a desvelar. También podía ocurrir que toda aquella historia no fuese más que un engaño mondo y lirondo, similar a otras tantas prohibiciones y deberes incomprensibles, como por ejemplo, tener que arrodillarse en misa cuando el cura comulgaba.

 

José Antonio Gabriel y Galán, Muchos años después