Relato: «La sonrisa de Elia»

Para los aficionados a la lectura aquí podéis difrutar del relato «La sonrisa de Elia» escrito por la alumna Fátima Sánchez Brígido de 2º de Bachillerato para el concurso de relatos con el tema: «La paz y la no violencia en el contexto escolar» y ganador del mismo. 

LA SONRISA DE ELIA

Para morir, sólo hace falta estar vivo. Y esa era la única condición que cumplía Elia.

Cada día se levantaba pensando cómo llegaría al siguiente. Le atormentaba pensar que la estarían esperando.

A veces, y sólo a veces, se daba una tregua y pensaba que ya se habrían olvidado, o que habría pasado algo mucho más interesante que la ocultase de nuevo en las sombras. Pero luego seguía arañándose por dentro hasta sangrar.

Echaba de menos los tiempos en los que ni siquiera se sabían su nombre. A ella no le importaba ser transparente. Incluso se reía de los comentarios graciosos que de vez en cuando alguien decía en las clases. Después, ya no eran compañeros; sus nombres se habían convertido en cuchillos afilados que se tambalean colgando de un hilo a punto de caer en una dirección: ella.

La ansiedad había sustituido la mayor parte de las cosas que existían para ella. Ya no comía porque nunca tenía hambre. No era capaz de dormir por las noches porque siempre sentía un miedo pegajoso que se le metía en las entrañas. Ya no salía por las tardes por si algún día se los encontraba, y no estudiaba porque no era capaz de concentrarse. Simplemente, ya no sabía vivir.

No escuchaba los consejos de su madre, porque ella no sabía nada y jamás la entendería; no podía permitirse que ella lo supiera. Conociendo la impulsividad de su madre, tal vez la encerrara en algún internado de monjas. Ella nunca tiene problemas; es por eso que no sabe resolver los de los demás. Su mundo perfecto estaba lleno de papeles por clasificar y un montón de libros antiguos en latín. Según ella, su tristeza era debida a que no había encontrado un hobby que le llenara. De hecho, dejó el único que tenía. Su violín guardaba polvo en el trastero. Nunca se le pasó por la cabeza volver a tocarlo.

Cuando su madre salía por la tarde a trabajar –lo que ocurría casi a diario-, se permitía darse un largo baño de espuma para relajarse. Pero en realidad se comía más la cabeza preguntándose cómo no pudo ser como los demás y no llamar la atención como lo hizo. Esos reñidos monólogos solían acabar con la sangre recorriendo muy lentamente sus brazos, hasta perderse entre las espumas con olor a vainilla. Cuando el agua se enturbiaba, podía realmente descansar y aliviar la tensión. Luego, cerraba los ojos, aun brotándole la sangre, y dejaba que su mente recorriera otra vez los labios de Anna, que sus manos acariciaran sus mejillas siempre coloradas y que su pelo le rozara el cuello cuando la besaba. Le hacía enloquecer la manera en que le sonreía y el calor que le infundía su mirada gris. Sólo se habían llegado a dar unos cuantos besos, cuando se dejó persuadir por la increíble Anna y sus endulzadas palabras. Hicieron lo que nunca debieron hacer. Cruzaron el límite que se tenían que haber puesto; salieron a la playa agarradas de la mano.

Al principio del paseo, estaba aterrorizada. Cualquiera que pasara a esa hora tan temprana podría reconocerlas. Aunque era improbable que alguien se levantara antes de las 8 un domingo por la mañana. Sin embargo, allí estaban.

Se arremolinaban alrededor de una hoguera que chisporroteaba con dificultad, pero a ellos les daba igual. El vodka les calentaba lo suficiente. Bailaban y gritaban mientras saltaban el fuego. Muchos se caían, pero no sentían todavía el dolor.

Nada más verlos, la sonrisa desapareció del rostro de Anna, y Elia empezó a tironear de ella para que dieran media vuelta y se fueran corriendo…pero fue demasiado tarde. Las vieron. Y lo peor de todo es que la reconocieron. No se sabían su nombre, pero tenían una vaga idea de que estaba en su clase. La tímida que se sienta delante, para que los demás no la vean.

Anna sólo tuvo que mirar a Elia para darse cuenta de que los conocía, y de que lo suyo ya se habría terminado para siempre.

No pasaba un día en el que Elia no recordase a Anna. Cuánto la quería y cómo le dolía cada lágrima que se escapaba de sus ojos al decirle adiós. Si algo le había importado de verdad, había sido ella.

Habían pasado muchos meses desde que eso pasó, pero aun le escocía.

Entonces volvía de sus ensoñaciones y se descubría menuda, frágil y demacrada en una bañera llena de su sangre. Si la viera Anna, tal vez no la reconocería. Pero ahora tenía cosas más importantes con las que lidiar; más importantes que su aspecto y que lo que pudiera pensar de ella una persona a la que probablemente no volviera a ver más.

Elia se preguntaba qué palabras le escupirían sus “compañeros” a la mañana siguiente. “Bollera”, “lesbi” y “degenerada” eran los motes que usaban con mayor frecuencia. Hasta se volvía si alguien le gritaba cualquiera de esos insultos. Se había acostumbrado a ellos.

Ahora, cada vez que echa la vista atrás y recuerda cada uno de esos dolorosos días, no puede evitar echarse a llorar. No ha pasado suficiente tiempo como para que las heridas cicatricen, aunque las físicas ya habían sanado hace mucho. Sin embargo, cuando se inspecciona en el espejo en busca de las señales que le recuerdan esa parte del pasado que no se quiere ir, todavía le duelen los moratones.

“Para seguir adelante, hay que aceptar el pasado, sin obcecarse en él” le comentó un día su terapeuta. A ella no le importaban las cicatrices, pero le costaba revivir ese día.

Sus compañeros, durante la hora libre que tenían antes del recreo, le acorralaron para insultarla. Les gustaba reírse de ella y competían por ver cuál de ellos hacía el comentario más ingenioso e hiriente. Ella simplemente se hartó, escupió en la cara al que tenía más cerca –el más creativo de todos por lo visto- cogió sus cosas e intentó irse, pero uno de sus compañeros de clase le bloqueó la puerta y la empujó hacia atrás. Cayó al suelo e intentó incorporarse, pero alguien le lanzó una patada en la cabeza tan fuerte que le hizo caer de nuevo. De pronto, no sabía qué estaba pasando. Oía un pitido muy fuerte en su oído derecho y la vista se le nubló. Aprovechando su debilidad, los muchachos se abalanzaron contra ella, descargando toda su ira adolescente a modo de venganza.

Lo único que recuerda después de la caída, fue que se despertó en un hospital con su madre junto a ella llorando. Le dijo entre sollozos que no sabía como no se lo había contado antes y que lo que a ella le pasaba era cuestión de tiempo.

Tras el discurso de su madre, que casi no se entendía entre tantas lamentaciones, a Elia no le quedó muy claro si su madre lloraba porque no le había pedido ayuda, o porque fuera una decepción que su hija fuera homosexual. El caso es que tras darle el alta y ponerle un collarín por la lesión cervical que le ocasionaron sus compañeros, le informaron de su cambio a un instituto para chicos con problemas psicológicos de la capital, donde viviría en una residencia de estudiantes, que es donde ella se encuentra ahora. De vez en cuando visita a su madre, pero deben quedar en otro sitio que no sea el pequeño pueblo en el que vivía antes. No quiere encuentros desagradables.

En cuanto a su madre, le costó aceptar que a su hija le atraían las mujeres, y que esa inclinación sexual es tan válida como cualquier otra. Pero a pesar de entenderla, no habla de eso con nadie y siempre que preguntan por su hija, les contesta que todo va bien.

A Elia, desde entonces, le cuesta mucho confiar en las personas, aunque ahora no tiene por qué esconderse, pues descubrió –para su sorpresa- que había otras muchas personas como ellas que lo declaraban abiertamente, e incluso algunas que la intentaron ayudar a integrarse y a aceptarse. También le cuesta estar en sitios llenos de gente sin poder buscar una posible salida; pero eso poco a poco lo va superando.

Desde que empezó a vivir en un sitio en el que no había tantos prejuicios, valora la vida de otra manera. Se tiene más aprecio y no se arrepiente de las cosas que hace, porque simplemente ya no se tiene que esconder. Pero lo mejor de todo no es poder ir sin miedo a clase y mirar a todos sus compañeros con una sonrisa, lo mejor de todo es que ahora si les pide ayuda, sabe que puede contar con ellos, porque ellos también están allí para superar sus miedos.

Es un camino muy difícil, porque el dolor hay veces que no se va. Apaciguar el alma lleva su tiempo.

Su terapeuta le aconseja a veces que se observe desde lejos y enumere los defectos que ve. Ésta y otras muchas tareas hacen que se eche a llorar como una niña. Es complicado, pero sabe que Anna está a su lado para ayudarla a superar cada nuevo desafío que se le presenta. Junto a ella, todo es más fácil, y sabe que pronto podrá llevar una vida normal en la que abundarán los días sin llorar, risas despreocupadas y paseos agarradas de la mano, compartiendo su mundo con Anna.

Categoría: Fomento de la Lectura
Puede seguir cualquier comentario a esta entrada medianteRSS 2.0 rss. Puede dejar una respuesta, o trackback hacerlo desde su propio sitio.